A comienzos del año 1649, las calles de
la ciudad de Sevilla se llenaron de rumores que advertían de la
llegada de una epidemia de peste, procedente de Cádiz. Los
empresarios y comerciantes, acuciados por las malas cosechas que el
país arrastraba desde 1646, acallaron dichos rumores, quitando
importancia a los primeros casos que se iban produciendo en la
ciudad, alegando que la enfermedad solo atacaba a los más pobres.
Durante los meses de febrero y marzo se produjeron fuertes
precipitaciones en la capital hispalense, hasta tal punto que el 27
de marzo, Domingo de Ramos, se decidió suspender la Semana Santa.
La
intensidad de las mismas provocó que el 3 de abril, el Guadalquivir
acabara desbordándose, inundando los arrabales de Triana, los
Humeros, el Baratillo, la Carretería y la Alameda de Hercúles,
donde el nivel del agua llegó a crecer tanto que se hizo necesario
transitar con barcas. La humedad generada por las inundaciones
constituyó el caldo de cultivo para la propagación del bacilo
Yersina pestis. La epidemia de peste se extendió con gran rapidez,
provocando que la muerte llegara a todos los rincones de la ciudad.
La alta mortalidad da muestras del infierno vivido en Sevilla. En
aquellos días, la población ascendía a 120.519 habitantes, según
el registro del Arzobispado, de los que solo sobreviviría el 50%.
Las autoridades y la Junta de Sanidad trataron de contener la
propagación de la pandemia. Se ordenó que los muertos fueran
enterrados en cal viva, sus ropas quemadas y sus casas marcadas con
una señal.
A pesar de todos los esfuerzos, los cadáveres se
amontonaban en las calles con tan velocidad que resultaba imposible
que los cuerpos fueran retirados. El 21 de mayo, desde la Corte Real,
se decretó la prohibición de entrar en Madrid a personas y
mercancías procedentes de Sevilla, abandonando la ciudad a su
suerte.
El vinagre, el azufre y la cal eran las
únicas armas con las que se combatía la enfermedad, mostrándose a
todas luces insuficientes. La epidemia no hacía distinciones entre
ricos y pobres, provocando la muerte de personajes ilustres, como el
afamado escultor Juan Martínez Montañés o el pintor Juan de
Zurbarán, hijo de Francisco de Zurbarán, mientras que Murillo
perdería a tres de sus hijos. El miedo al contagio hizo que los más
pudientes abandonaran incluso sus joyas y que se sacrificaran a todos
los perros y gatos, al ser considerados vehículos de transmisión.
El asistente de la ciudad, Jerónimo Pinelo de Guzmán, ordenó
convertir el hospital de las Cinco Llagas de Nuestro Redentor, sede
del actual Parlamento de Andalucía, en Hospital de Sangre para
atender a los enfermos.
Según las crónicas de la época, la ciudad
se volcó con la causa, mostrando grandes gestos de solidaridad. Cada
uno contribuyó con lo que pudo: los Hermanos de la Casa de la
Misericordia donaron 50 camas y 1.000 prendas de vestir, un vecino
anónimo proporcionó 12 camas y 600 ducados, mientras que el
Diputado de la Colación de Santa María la Mayor, Don Pedro López
de San Román Ladrón de Guevara, aportó 8.000 camas y colchones,
además de carros y sillas de mano para el traslado de los enfermos.
Durante la epidemia, el hospital atendió a 26.700 contagiados, de
los que solo sobrevivieron un 15%. La elevada mortalidad provocó que
el personal sanitario del hospital se acabara infectando. Tal fue el
caso del administrador, Gabriel de Aranda, su secretario, el barbero
del hospital, treinta y cuatro sangradores, dieciséis cirujanos,
cinco de sus seis médicos y un número indeterminado de monjas que
ejercían como enfermeras. Todos ellos fallecieron heroicamente, al
lado de los enfermos, en un intento de frenar la epidemia.
A pesar de los esfuerzos, el Hospital
de las Cinco Llagas no tardó en colapsar, por lo que la Junta de
Salud Pública habilitó otros centros para atender a los infectados.
En Triana se estableció un hospital situado frente al Monasterio de
la Cartuja con el objetivo de poder atender a los vecinos del
arrabal. Las iglesias se llenaron de cadáveres, por lo que se
abrieron fosas o carneros donde enterrar a las víctimas en El
Arenal, San Jacinto, la Macarena, la Barqueta, la Puerta Osario y el
Prado de San Sebastián. Toda la ciudad se convirtió en un gran
cementerio, llegando el pico de la epidemia en la octava de la
Festividad del Corpus, jornada en la que fallecieron 4.000 vecinos.
El 2 de julio, en un intento
desesperado por contener la pandemia, la ciudad recurrió una vez más
a la intercesión divina. En una discreta comitiva, el Cristo de San
Agustín procesionó hasta la Catedral y desde ese día, la epidemia
comenzó a remitir. Sevilla sigue rindiendo tributo y oración al
Cristo de San Agustín cada 2 de julio,
en señal de agradecimiento. El 21 de diciembre, las autoridades
proclamaron el fin de la peste pero la ciudad ya nunca volvería a
ser la misma. Sumida en una profunda crisis económica y demográfica,
jamás recuperó su esplendor. En palabras de Chaunau: “Sevilla ya
no era Sevilla, sino que se había convertido en otra ciudad que
había conservado el nombre, pero había perdido su actividad y
espíritu”.
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