La construcción de un puente sobre el agua es una tarea de enormes proporciones y, a pesar de los muchos avances tecnológicos, los fundamentos no han cambiado desde la Antigüedad.
Primero se construye una ataguía (encofrado de madera) en el lecho del río y el agua dentro de esta estructura cerrada se bombea hacia fuera, exponiendo el fondo fangoso. Sobre este suelo se erigen los pilares del puente.
Durante la Edad Media, las ataguías se construían utilizando varias filas de troncos clavados en el barro. Luego se hacían herméticas usando lodo reforzado con arena. El agua era entonces bombeada desde el fondo por una rueda de agua.
Lo más probable es que el subsuelo se reforzara con pilotes de madera hincados con un martinete. Sobre estos, se colocaba una rejilla de cimentación de madera compuesta de vigas y tablones de roble. Esta rejilla se fijaba con grandes piedras redondas, que estaban interconectadas por barras de hierro forjado.
Una vez que los cimientos estaban preparados, se podía comenzar con la mampostería del pilar. Para construir los arcos, se erigían cimbras de madera y sobre ellas se colocaban bloques de arenisca o granito cortados con precisión.
Una vez que la clave estaba en su lugar, se quitaba la cimbra y el arco se mantenía unido por su propio peso. Los arcos se reforzaban poniendo varias capas de piedras sobre ellos hasta el nivel del piso del puente. Finalmente, se colocaba un pavimento de roca dura.
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